
Llámenme vende patria o como quieran. Pero cuando detrás de un evento deportivo se arma todo ese movimiento exitista, donde la fanfarronería argentina aflora en su máximo esplendor, donde parece que estamos destinados a ser los mejores, donde lo deportivo se mezcla con otras cuestiones; cuando todo eso sucede me encanta que las cosas salgan mal.
Se menejó todo de la manera que lo sabemos hacer: desprolijamente. La sede para la final debió decidirse por motivos méramente deportivos en la semana siguiente a la clasificación, y no caer en medio de manejos políticos para quedarse con el evento.
Las reventa de entradas fue una vergüenza. Y el público alentando de manera ruidosa e irrespetuosa fue otra.
Me encantó ver el gesto de Lopez hacia el público cuando le ganó a Del Potro. Me encantó que los Españoles vengan a jugar de visitantes y se queden con el trofeo que ya era casi argentino.
Me encanta que a los argentinos se nos caigan las cosas de esta manera.
Me encanta porque en el fondo no perdimos nada; porque esa ensaladera nunca fue nuestra. El periodismo y los medios habían instaurado esa sensación, y obviamente por nuestra forma de ser fue fácil creerles.
De más está decir que no quería que Argentina gane la final.
Lo próximo que espero es que la selección de fútbol no se clasifique para el mundial.